lunes, noviembre 13, 2006

Cárceles para mujeres a la mexicana

Un trabajo periodístico local detalló el cuadro que presenta la problemática de la mujer encarcelada en México, desnudando notorias diferencias de índole humano y carcelario en relación a lo que, por ejemplo, muestra la misma temática en los principales sistemas penitenciarios de la Argentina. “Prisiones y Penas” retrata aquí esa actualidad mexicana para consideración de sus lectores, sobre todo para el profesional, estudioso o interesado en la delicada problemática de la mujer privada de libertad.

En México funcionan 455 cárceles de las cuales 13 son para mujeres, 236 son mixtas y otras 206 sólo para hombres. Según cifras de la Secretaría de Seguridad Pública de un total de 205 mil presos, casi 11 mil son mujeres, un 5% de un total –en el sistema penitenciario federal argentino el porcentaje de detenidas alcanza al 9%-.

De acuerdo al trabajo “Violencia contra las mujeres privadas de libertad en América Latina”, de la antropóloga Elena Azaola, el perfil de las mujeres alojadas en prisiones mexicanas muestra que el 70% tiene entre 18 y 35 años; una tercera parte son solteras, aunque el 80% son madres y tienen tres hijos en promedio.

El 70% de las detenidas tiene como nivel máximo el primario y un 20% son analfabetas; el 10% restante se integra con las que cursaron algún nivel de estudios secundarios o alguna carrera corta. Puede consignarse aquí que los datos de las alojadas en jurisdicción del Servicio Penitenciario Federal, no registraban en la actualidad internas analfabetas.

Separaciones, no tan separadas
La legislación mexicana vigente establece la separación de hombres y mujeres en las prisiones. Sin embargo, de acuerdo a voces conocedoras, existe un vacío legal sobre las necesidades de las mujeres en reclusión, especialmente en el trance de la maternidad y la atención de sus hijos, y las carencias se emparentan con la escasa cantidad y representatividad de las mujeres dentro del sistema, lo que posterga sus demandas.

Según la nota periodística del sitio web jurídico mexicano “Proceso”, firmado por Hypatia Velasco Ramírez, para la mujeres “vivir dentro de la cárcel significa, generalmente, habitar espacios reducidos, acondicionados básicamente con dormitorios, cocina y lavaderos”.

“Estamos en recintos de 6x6 metros, tienes tu propio baño, ducha con cancel para tres internas y tienes dónde cocinar, lavar, dormir, tenemos agua y luz, pero todo esto te lo ganas”, dice Marcela, de 35 años.

No puede saberse si “ganar” esas mejoras refiere a condiciones de liderazgo entre las iguales o a disponer de dinero: porque la vida en las cárceles mixtas es sorprendente también en México, ya que en estos establecimientos sucede el contacto de las mujeres con los internos varones, lo que naturalmente deriva en la prostitución y el consumo y tráfico de drogas intramuros.

Por otra parte, mientras los hombres acceden a escuela, talleres, áreas verdes, servicio médico, gimnasio, entre otras cosas, esas áreas sólo son utilizadas por las mujeres en los horarios en que no son ocupadas por los varones, denuncian voceras de las detenidas.

Se aduce que las reclusas padecen mala alimentación, teniendo en cuenta que casi el 70% consume los alimentos preparado en los penales.

Perciben hasta 300 pesos al mes por su trabajo en los talleres de tejido de bolsas y bordado de servilletas, aunque la comercialización de los productos se limita a la familia y al personal del penal.

En cuanto a la prestación de salud, el servicio médico más utilizado es el de medicina general y el psicológico, mientras otras especialidades son cubiertas con traslados a hospitales civiles. “El servicio médico no es adecuado, es de tercer nivel y no hay medicamentos suficientes” se quejan y agregan que para las detenidas “a veces sólo está la opción de compra de medicamentos con sus propios recursos o a través del apoyo de familiares si es que los tienen”.

Otra de las demandas se refiere a las condiciones de cumplimiento del papel de madres, ya que 96% de las mujeres en encierro tienen hijos. De entrada sorprende el dato de que el límite de edad de un niño para acompañar a su madre en prisión no está fijado y varía en cada estado. En Argentina la ley nacional permite la compañía de hijos a las detenidas hasta los cuatro años.

Por otra parte las presas acompañadas por sus hijos en prisión carecen de atención pediátrica según aseguran, al tiempo que denuncian “que frecuentemente duermen en el suelo y en ocasiones sin cobija y el suministro de leche, pañales y medicamentos no es el adecuado” afirman.

Como se ha visto, en cualquier lugar del mundo la problemática de la mujer detenida es de delicada naturaleza, sobre todo cuando se las aloja en establecimientos mixtos y cuando a esa realidad se suman las demandas especiales, y estremecedoras, de los hijos de las reclusas.

Debe señalarse que los dos sistemas penitenciarios más importantes de Argentina, el federal y el de la provincia de Buenos Aires que en conjunto alojan alrededor del 60% del total de encarcelados del país, sólo cuentan con establecimientos exclusivos para mujeres y que como regla general hay preocupación por la situación de los hijos de las detenidas.

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