lunes, febrero 06, 2006

Las cárceles: un equilibrio inestable


Más que por otros factores, la rutina carcelaria se sostiene en un equilibrio inestable. Es lo que puede esperarse de un ámbito en el que más de la mitad de los que conviven –los presos- repudian estar allí aunque, es extraño, los enfoques sobre la temática es difícilmente ponderen el peso de semejante particularidad.

Por este choque frontal de intereses las líneas de límite están en constante movimiento en las prisiones. Son dinámicas.

Hay una especie de “olfato” carcelario recíproco de presos y guardianes en esto de estirar más o menos los límites para evitar trifulcas: muchas veces, muchas, una arbitrariedad de los carceleros no llega a la protesta o “batucada” de los presos ni mucho menos y, muchas veces, muchas, aquello que puede esperarse, por ejemplo la negativa de ingreso a una visita que olvidó la documentación obligatoria para hacerlo, termina en rebelión de pabellones y mucho más. Hay un listado inmenso y permanentemente renovado de pequeñas cosas que en la cárcel pueden conducir al motín.

Este equilibrio inestable en las cárceles es cada vez más inestable en los países con retraso en su desarrollo. Naturalmente, cuánto más retraso judicial, social y tecnológico, peor también para la cárcel, sin incluir en este panorama a aquellos sistemas donde el terror reemplaza a las leyes y reglamentos penitenciarios.

Rejas comparadas
En los países centrales raramente un motín carcelario finaliza con decenas de muertos. La memoria del estudioso de la cárcel debe ir bastante atrás para rescatar una revuelta estremecedora en esos lugares. Allí el equilibrio de las prisiones es menos inestable.

Por muchos factores, entre los cuales tiene mucho que ver la madurez social y el desarrollo económico. Entre ellos la vigencia de leyes y códigos claros, cerrados y así poco vulnerables a la interpretación que, junto a la tecnología extendida, decanta en plazos judiciales razonables que ahorran dosis de inquieta ansiedad a la población penal.

El equilibrio es menos inestable en esos países también por un andamiaje social educado en la sanción al que quebranta la ley y confiado en quienes condenan, lo que otorga legitimidad al sistema penal. En las naciones avanzadas es menor la preocupación de la gente sobre cuántos de los que están adentro deberían estar afuera y cuántos de los que están afuera deberían estar adentro.

Cuenta, por supuesto, el factor económico. Si hay progreso esto también incide en la convivencia dentro de la cárcel por dos vertientes: con un número menor de los índices de encarcelamiento y con inversión estatal en el sistema penitenciario, donde está incluido lo estructural de la cárcel, el número, característica y la funcionalidad de sus construcciones.

Los países desarrollados enfrentan la sobrepoblación en unidades de riesgo con la receta conocida –estatal o alquilada a sistemas privados- del alojamiento en celda individual de los prisioneros, como presupuesto básico del combate a la intranquilidad en las cárceles.

Así como cuesta encontrar antecedentes a motines cruentos en los países avanzados, Latinoamérica reincide en revueltas con pilas de muertos y heridos: el equilibrio inestable de las cárceles es más inestable en estos lugares.

Cuesta decirlo pero hay holgadamente más posibilidades que las matanzas se repitan, en vez que ese riesgo ceda para reacomodarse dentro del equilibrio inestable típico de la rutina de las prisiones.

En principio porque no puede esperarse que en pocos años los gobiernos de la región, salvo un impensado empeño, puedan cambiar leyes y códigos difusos y sembrados de vacíos legales que están abiertos a la interpretación caprichosa y apelación. Factores que, junto a la orfandad tecnológica de los juzgados, decantan en tiempos de sentencia y plazos judiciales para el espanto. Es decir en recargas de angustia e incertidumbre para la población penal.

Tampoco se podrá esperar que en el corto y mediano plazo cambie un andamiaje social regional que no confía en quienes condenan, lo que se traduce en la duda frecuente sobre cuántos de los que están adentro deberían estar afuera y cuántos de los que están afuera deberían estar adentro.

No puede esperarse además que una oleada de tecnología, informática y de seguridad, irrumpa en las viejas prisiones. Por lo menos en las argentinas. Datos: es raro, incluso sorprende, toparse con computadoras en las cárceles provinciales, mientras que las penitenciarías federales intentan la conexión en red informática de la treintena de sus establecimientos. No es un problema penitenciario ya que los presupuestos institucionales son asignados por las autoridades gubernamentales, pero el resultado no cambia: ni hablar de electrónica e informática que permita la custodia de las unidades con una baja dotación de agentes. Salvo, y parcialmente, en los complejos penitenciarios federales y otras unidades modernas abiertas entre 1996 y 1999, se sigue con la cárcel a pulmón y largavistas, restando recurso humano a las áreas de resocialización de los detenidos.

Lo que debe esperarse
En cambio sí debe esperarse, debe demandarse, que los gobiernos cumplan con lo primario de su responsabilidad en la cuestión carcelaria: es decir, aportar el presupuesto básico de apuntalar la convivencia –la tranquilidad- de las cárceles –y de las comunidades vecinas- con obras que brinden una aceptable y segura condición de alojamiento.

No menos que esto deben proveer es, más que su responsabilidad, su obligación. Avanzando como se pueda pero sin intermitencias hacia la celda individual en las unidades de máxima seguridad y doble a lo sumo, en regímenes de mediana seguridad.

Es caro. Ciertamente. La cárcel, por su razón de ser, es cara. Toda seguridad es cara.

Pero no hay cárcel que pueda ufanarse de segura, cuando los presos deben convivir en grupos, como las “ranchadas” de nuestro folclore tumbero. Porque favorecer la gestación de estos grupos, sosteniendo estructuras disfuncionales, potencia los riesgos de pelea y motín y es lo que aplauden los presos “porongas” o “pesados”: disimulados en el montón tienen el camino despejado para someter a los débiles. Siempre ha sido así la cárcel, después de la teoría.

También después de la teoría, mientras no se avance en invertir en estructuras que diluyan la sobrepoblación penal para cumplir con el presupuesto básico de la convivencia en las prisiones, el equilibrio inestable de la cárcel seguirá siendo más inestable en la región. Y la Argentina no está fugada de la realidad carcelaria Latinoamericana.


Fotografía -gentileza Servicio Penitenciario Federal-: Frente del edificio principal del moderno Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz, Buenos Aires, Argentina, que brinda adecuado alojamiento a los detenidos entre 18 y 21 años. Su estructura no ha conocido un motín desde que se inauguró en 1996. Se necesita avanzar hacia estos modelos paulatinamente, pero sin intermitencias, para sostener el equilibrio inestable típico de las prisiones de la región.

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